"Morir como fujimorista y renacer como peruana"

Una carta filosófica a la Presidenta Electa, con Byung-Chul Han y compañía

El presente artículo es resultado de un diálogo colaborativo entre un usuario humano y la inteligencia artificial DeepSeek (desarrollada por 深度求索), llevado a cabo el 12 de julio de 2026. A partir de una serie de instrucciones conceptuales basadas en el pensamiento del filósofo Byung-Chul Han y su aplicación al contexto político peruano actual, la IA generó íntegramente el texto que aquí se publica. La conversación exploró cómo las ideas de Han —la sociedad del cansancio, la crisis de los rituales, la necesidad de narrativas compartidas— podrían iluminar el desafío de legitimidad de Keiko Fujimori y la polarización nacional.

El artículo se presenta como un experimento de escritura especulativa. No representa la opinión personal de ningún autor humano ni una toma de posición partidaria, sino una elaboración algorítmica a partir del marco filosófico indicado. Se publica en Red Gema con fines de divulgación y debate, como un ejemplo de las posibilidades —y los límites— de la colaboración entre inteligencia artificial y pensamiento crítico aplicado a la realidad peruana.

I. El umbral: felicitaciones, luego el silencio

Presidenta electa Keiko Fujimori:

No hemos venido a sumar una felicitación más al coro de la cortesía. Hemos venido a pedirle algo infinitamente más difícil que ganar una elección: le pedimos que muera. No físicamente, por supuesto. Le pedimos que, en el sentido más hondo que exploraremos aquí, acepte morir como fujimorista para renacer como peruana. Y creemos que este país, exhausto de polarización, solo podrá salvarse si usted encarna ese rito de paso. No lo digo yo. Lo dice, a su manera, el filósofo que nos guía en esta carta: Byung-Chul Han. Y con él, otras voces hermanas que iluminan la noche peruana.

Usted ha alcanzado el poder en un Perú que, como diagnosticaría Han, padece la peor de las enfermedades neuronales: la del agotamiento por exceso de positividad. Somos una sociedad del cansancio que se autoexige, se polariza, se transparenta hasta el odio. Usted misma ha sido, permítame la crudeza, el emblema de ese sujeto de rendimiento llevado a la política: tres campañas presidenciales, un esfuerzo titánico, un “Keiko sí puede” repetido hasta el burnout. Eso, dice Han, no genera autoridad; genera un perfil, un producto electoral, no un destino compartido. La gente no se siente convocada por un currículum de resistencia, sino por una presencia simbólica que trascienda la marca. Usted necesita dejar de ser CEO de la franquicia Fujimori para ser la sacerdotisa de una nación quebrada.


II. La trampa de la transparencia y la herida sin ritual

Han le susurraría al oído: “Usted ha hecho política de la transparencia forzada: cuentas, declaraciones, negaciones. Eso no genera confianza, sino sospecha hiperactiva. La confianza nace de una opacidad respetada, de un silencio. Al exponerse sin cesar, se ha convertido en un perfil de Facebook, no en un símbolo. Y un símbolo requiere misterio, distancia, capacidad de soportar la mirada sin desnudarse.”

Pero el problema es más profundo. El fujimorismo es una narrativa de autoayuda familiar que divide al Perú entre quienes se salvaron gracias al “milagro de papá” y quienes cargan las heridas de ese mismo milagro: ejecuciones extrajudiciales, esterilizaciones forzadas, corrupción sistémica. Esa historia no es un mito vivo que una; es un eslogan de campaña que congela el trauma y lo utiliza como activo electoral. Usted no podrá gobernar con legitimidad mientras esa herida siga abierta sin haber sido ritualizada. Lo que falta, insiste Han, es negatividad procesada colectivamente: el duelo, la pausa, la aceptación de que el otro sufrió y que yo, como heredera, debo atravesar ese fuego.

Aquí aparece otro pensador imprescindible: Walter Benjamin. Él escribió que la verdadera narración no transmite información, sino que hunde la experiencia en la vida del oyente. El Perú no necesita otra cadena nacional de datos y promesas; necesita una narración que aloje el dolor de todos y lo transforme en sabiduría compartida. Benjamin lloraría viendo nuestros noticieros: pura información sin relato, puro shock sin elaboración. Usted, Presidenta, podría recuperar la antigua figura del narrador que, como un artesano, toma los fragmentos de la tragedia nacional y teje con ellos un horizonte de sentido.


III. El ritual que le pedimos: una peregrinación al corazón de la negatividad

Le hablo ahora con la voz entrecortada del Emmanuel Levinas que nos recuerda que el rostro del Otro me desarma, me desnuclea, me hace responsable antes de toda elección. La derecha y la izquierda peruanas son dos rostros que no se miran, atrapados en la lógica del espejo reactivo. Para quebrar ese hechizo, usted debe ser la primera en exponerse al rostro de las víctimas de su propio legado.

No le pedimos un perdón en cadena nacional. Eso es psicopolítica barata. Le pedimos, junto con Émile Durkheim, que acepte ser el centro de un gran ritual de efervescencia colectiva, una peregrinación nacional del duelo. Imagínelo conmigo: usted, Presidenta electa, anuncia que su primer acto no será una reunión con empresarios ni un decreto ejecutivo, sino un viaje a pie —sí, a pie— desde las alturas de Huancavelica, donde las esterilizaciones forzadas marcaron a generaciones, hasta la selva de Ayacucho, donde se pudren aún los huesos de la guerra interna. Usted, en silencio, sin micrófono, cargando una vela, acompañada por las víctimas del terrorismo, por las mujeres indígenas violadas por el Estado, por los deudos de los policías y militares caídos. No a la cabeza, no como líder, sino como una más, recibiendo los testimonios, dejando que el duelo hable por usted.

Durkheim enseñó que los rituales crean comunidad porque generan una efervescencia donde el individuo se trasciende. En ese caminar juntos, peruanos de todas las sangres y memorias podrían, por primera vez, llorar juntos sin que las lágrimas se conviertan en arma arrojadiza. La derecha vería un acto de humildad patriótica; la izquierda, un reconocimiento que nunca soñaron. Y el poblador de a pie, ese que madruga en un mercado, vería un gesto tan extraño, tan despojado de marketing, que la incredulidad inicial daría paso a un resquicio de confianza. Ese ritual no la absuelve jurídicamente, pero la inscribe en un linaje de duelo que la desmarca para siempre de la soberbia gerencial. Es una muerte simbólica en vida: la Fujimori hija del caudillo se disuelve en la mujer que carga el dolor ajeno.


IV. La nueva narrativa: de “emprendedor” a “guardián de la Tierra”

Martin Heidegger, el maestro de Han, habló del habitar poético como lo contrario al devastamiento técnico del mundo. El Perú ha sido narrado por décadas como una máquina de emprendimiento: formalización, mypes, PBI, inversiones. Ese lenguaje de coach neoliberal nos ha dejado exhaustos y vacíos. A la izquierda le suena a extractivismo disfrazado; al pueblo de la economía informal, a una exigencia más de rendimiento. Usted necesita un relato que no sea ni de derecha ni de izquierda, sino telúrico. Algo que ya intuyeron los pueblos andinos con el Sumak Kawsay (Buen Vivir): la vida en armonía con la comunidad y la naturaleza, donde el trabajo no es autoexplotación, sino cuidado mutuo.

Le sugerimos, junto con Han, que declare ante la nación un Proyecto de Nación Contemplativa. No es una broma académica. Consiste en afirmar que la verdadera riqueza del Perú no está en el subsuelo, sino en la capacidad milenaria de sus comunidades para habitar ecosistemas extremos con sabiduría. La modernidad no debe ser negada, pero debe ponerse al servicio de esa sabiduría, y no al revés. Usted podría ser la primera presidenta que hable de la vita contemplativa como política de Estado: pausas regenerativas, defensa del silencio y la biodiversidad cultural, tecnologías limpias guiadas por ancianos indígenas y científicos dialogando de igual a igual. Eso no es estatismo ni capitalismo salvaje: es una narración de la Tierra que unifica lo que el extractivismo separó. La derecha conservadora, amante del terruño y las tradiciones, podría reencontrarse aquí con un proyecto no mercantilista. La izquierda, defensora de los pueblos originarios, vería por fin un reconocimiento estructural. Y el poblador de a pie sentiría que el Estado lo nombra no como cliente o mano de obra, sino como heredero de una estirpe de la que enorgullecerse.


V. El poder del silencio: un acto de soberanía neuronal

Giorgio Agamben —otro compañero de ruta de Han— ha meditado sobre la potencia del gesto que interrumpe la maquinaria. Usted, Keiko, ha vivido en el ruido perpetuo: mítines, tuits, entrevistas, réplicas. Esa hiperactividad es la trampa del sujeto neoliberal que Han denuncia. ¿Qué pasaría si, como acto de gobierno, usted hiciera silencio durante medio año? No es una broma. Retírese a un retiro de escucha. Anuncie que no dará discursos ni ruedas de prensa, sino que se dedicará a una Escucha Nacional: sentarse en plazas, mercados y comunidades, sin micrófono, solo a oír. Que su presencia sea pura receptividad. El poder, en la era del ruido, es la capacidad de callar y recibir la rabia sin devolverla.

Ese gesto de inactividad estratégica es profundamente heideggeriano: una Gelassenheit, una serenidad ante lo irreductible. Descoloca al enemigo político porque rompe la lógica reactiva. La convierte, por fin, en un oído abierto, no en una boca que disputa. La gente de a pie, harta de políticos que peroran, vería una líder que se vacía de sí para llenarse de país. Eso genera una legitimidad más honda que cualquier coalición parlamentaria: la autoridad del que sabe estar solo con el silencio de una nación.


VI. Morir para nacer: el símbolo que Perú necesita

Carl Jung enseñó que el proceso de individuación exige una muerte simbólica del yo antiguo para que surja el Sí-mismo integrado. Usted, Presidenta electa, está llamada a un proceso de individuación nacional. Debe morir como fujimorista —soltar la defensa numantina del legado paterno, la narrativa de salvación exclusiva, la marca partidaria— para renacer como un símbolo peruano que aloje tanto a quienes la aman como a quienes la adversan.

Eso no es traición a la sangre. Es traición a la prisión identitaria. Es un acto de libertad suprema: elegir el Perú entero antes que la tribu. Si usted realiza ese triple movimiento —el ritual de duelo, la narrativa de la Tierra, el silencio receptivo— habrá hecho lo que ningún otro líder peruano en décadas: crear un relato de pertenencia común sin borrar las diferencias. Habrá convertido la negatividad de la herida histórica en potencia de renacimiento. El fujimorismo, que fue orden desde arriba, mutaría en una mística del encuentro horizontal. La izquierda, que ha vivido de oponerse, se vería desafiada a construir sobre un gesto de humildad inédito. Y el Perú profundo, ese que no responde a ideologías, reconocería en usted la primera gobernante que supo llorar con ellos antes que hablarles.


Cierre: un pacto de renacimiento

Byung-Chul Han, en La desaparición de los rituales, escribe: “Los rituales son técnicas de cierre. Sin ellos, quedamos expuestos al flujo desnudo de la información y el consumo”. El Perú necesita un cierre simbólico de su guerra interna y de su desigualdad sangrante. Usted puede ser esa puerta. No lo hará un decreto, sino un rito. No la legitimarán las firmas, sino las lágrimas compartidas.

La invitamos, Presidenta electa, a morir como fujimorista y a renacer como peruana en un gran acto fundacional. Hágalo con los filósofos que la acompañan en esta carta como testigos invisibles. Hágalo con el Perú silencioso que espera, no un mesías, sino alguien que ose ser vulnerable en nombre de todos.

Esa sería la verdadera reconciliación: no un empate, sino un tránsito. Un morir que es, en verdad, el primer aliento de una nación por fin dueña de su destino.

Por jmorales

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